TRADUCIR COMO ACTIVIDAD PROFESIONAL: TRES VISIONES

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El jefe

Cada mañana, tras poner los pies en el suelo y aún a medio despertar, mi primer pensamiento no es otro que “Tienes más de cuarenta nóminas que pagar, esperemos que hoy también sea un gran día”.

Es algo recurrente, si bien es cierto que me deja dormir por las noches. Sin embargo, en días como el 2 de enero o los festivos de algunos países importantes, el alma se te encoje y piensas aquello de “Igual, si hiciéramos como otras muchas empresas y simplemente tuviéramos freelancers para hacer el trabajo, la vida sería mucho más sencilla”.

Algo parecido se te pasa por la cabeza cada vez que hay una incidencia laboral: traslados, enfermedades, bodas, médicos y el sinfín de otras posibilidades contempladas en el Estatuto de los Trabajadores y nuestro amado convenio. Cuando el trabajo lo hace un freelance, te da absolutamente igual si se rompe un pie o si se casa. Mientras entregue su trabajo, el resto corre de su cuenta, incluidas las vacaciones (nota para mí: ¿hacen vacaciones los freelancers?).

En cambio, parece que la normativa laboral no permite que tus trabajadores trabajen doce horas al día, ni que acudan al trabajo si están enfermos; todo indica que tienen derecho a ir al baño, a hacer pausas y a un sinfín de privilegios que no terminan con su jornada laboral, porque incluso si se hacen daño yendo en moto a su casa desde el trabajo… se trata de un accidente laboral. Estamos unidos hasta el momento en el que entran en sus casas. Además, la empresa tiene la responsabilidad de pagarles a tiempo, remunerar sus vacaciones, pagarles en las bajas, cotizar por su sanidad, por su jubilación e incluso asegurarse de que puedan asistir a la tutoría de sus hijos, a las visitas médicas de los niños, de sus padres, al hospital por sus hermanos… En fin, las vidas de nuestros trabajadores están inexorablemente unidas a la de sus empresas, y esa, precisamente esa, es la otra cara de la moneda: una empresa de servicios no es nada —excepto sus cuatro ordenadores— sin sus trabajadores. Sus trabajadores son el alma de la empresa, son los que están ahí siempre; los que, aunque un trabajo concreto no les guste, lo hacen; los que, si hay una entrega tarde, se quedan; los que miran por los intereses de la empresa, por sus márgenes, por su calidad… No existiríamos sin nuestros trabajadores, y ese, precisamente ese, es el segundo pensamiento de la mañana. “Tengo más de cuarenta nóminas que pagar, pero sin trabajadores no tendría ninguna, ni la mía”.

 

 

La autónoma

07:00 de la mañana: suena el despertador y, como siempre, lo primero que le viene a la cabeza a un freelance es “¿Se acordarán de mí hoy los clientes?”.

Os voy a contar mi experiencia personal en cuanto a la eterna pregunta de cualquier traductor: ¿es mejor trabajar en plantilla o ser freelance?

Cada puesto tiene sus ventajas e inconvenientes, así que no hay una fórmula mágica para tomar una decisión. Yo actualmente soy freelance, pero empecé en este mundillo trabajando en una empresa como traductora y luego como gestora de proyectos en plantilla, y creo que es lo mejor que me pudo pasar.

Si algo bueno tiene el hecho de ser traductor es que solo necesitamos un ordenador y conexión a Internet para poder trabajar desde cualquier parte del mundo. Dicho así puede sonar muy idílico, pero siendo freelance, la realidad demuestra que ese pretencioso “cualquier parte del mundo” suele ser una de las habitaciones de tu casa, en pantuflas y, cuando la deadline está ahí acechándote, en pijama y sin haberte lavado la cara.

La primera gran diferencia entre un puesto y otro se resume en una sola palabra: ESTABILIDAD. Una empresa te da el equilibrio laboral ideal, es decir, un sueldo fijo y seguro a final de mes, un horario laboral “normal”, no tener que preocuparte por lidiar con los clientes, vacaciones pagadas, pagas extra, vida social con los compañeros de la oficina, etc. Lo contrario a todo eso sería ser freelance: eres tu propio jefe y, por ello, debes ser el rey de la organización y la responsabilidad. Digo lo de la organización porque, aunque trabajes desde casa, debes ser capaz de organizarte un horario más o menos fijo o terminarás relacionándote solo con tu perro (aviso para navegantes: siempre, o casi siempre, acabas trabajando más horas que un traductor en plantilla). También menciono la importancia de ser responsable porque existe un pacto no escrito por el que el cliente confía en que estás trabajando cuando debes y no estás por ahí de cañas, en que harás las entregas correctamente y a tiempo y en que, en caso de que surja un problema, este se deberá a algún motivo importante. Aunque casi siempre puedes cumplir con un horario, este no es fijo, por lo que quizá estés trabajando un domingo desde las cinco de la mañana para poder entregar un proyecto a tiempo con el que te has pillado los dedos, pero luego tienes la opción de tomarte el lunes libre sin tener que darle explicaciones a nadie. No tienes un sueldo fijo, con todo lo que eso conlleva: si no trabajas, no cobras, aunque te pongas enfermo o te vayas de vacaciones, pero luego, si trabajas bien y bastante, te pueden quedar unos ingresos bien bonitos. La soledad también es otra tónica que acompaña diariamente a los freelancers, ya que normalmente solemos trabajar desde casa y con la única compañía de la radio o algo de música cuando el tipo de tarea lo permite. Además, nuestras conversaciones durante el día se ciñen al intercambio de correos electrónicos y a alguna que otra llamada de teléfono; la facturación y la Seguridad Social también corren a cargo del freelance, así como la búsqueda de clientes. Y, aunque pueda parecer raro, puedes llegar a tener una relación casi de amistad con personas a las que no verás en la vida.

Así pues, si tuviera que aconsejar a alguien que se acaba de licenciar, le diría que, para trabajar como traductor, por muchas carreras y másteres cursados, lo único que te da las tablas suficientes para sobrevivir en el sector es la formación y la experiencia, y donde mejor puedes conseguirlo es en una empresa de traducción. En un entorno de estas características adquieres mucha más experiencia y tablas gracias a las correcciones, los consejos, el conocimiento y la experiencia de tus compañeros. Y, todo eso, si lo aprovechas bien, te ayudará luego a establecerte como freelance.

 

 

La que está en plantilla

¿Quién no ha soñado alguna vez con no tener jefe? Qué bonito sería trabajar para mí, a mi ritmo, sin tener a alguien pendiente de mis movimientos y de mi productividad. Sin tener que rendir cuentas a nadie cada vez que un cliente se queja de que, a él, el símbolo del porcentaje le gusta pegadito al número, y que lo que digan la Fundéu, la RAE o Pérez-Reverte se la trae al pairo, porque lo que queda bonito visualmente es todo juntito. Ya puedo enviar las referencias que quiera, apelar a los cursos de corrección y calidad lingüística o incluso al Tribunal Supremo. Todo juntito. Porque quien paga, manda. Y aquí manda el cliente y después la dirección de la empresa, y resulta que pocas veces nos ponemos de acuerdo.

En este momento, empiezo a recordar a esa estudiante que llegó un día a la Facultad de Traducción e Interpretación con toda la intención de comerse el mundo. “Sí, yo voy a traducir novelas. Y solo las que me gusten a mí”. Y allí estaba yo, con mis compañeros que iban a ser intérpretes de la ONU, asistiendo entusiasmados a nuestra primera clase.

Volvemos al presente y me encuentro en la oficina, traduciendo programas informáticos sin contexto y con instrucciones que no entiende ni quien las envió. Peleándome con mi jefe porque el cliente se ha quejado: quiere que dejemos e-mail sin traducir, porque lo de “correo electrónico” no parece tener cabida en la vida milenial.

Cuando dan las 18:00, desficho y llamo a mi amiga de la universidad para contarle mis penas. Qué suerte la suya: se levanta por la mañana y solo tiene que cambiarse el pijama de noche por el pijama de día, no tiene que aguantar a compañeros de oficina ni a clientes; ella decide su día y no engorda bolsillo ajeno, sino el suyo. “Que sí, tía, que lo quieren pegadito al número. Y yo, así, no puedo”.

Resulta que, mientras le cuento mi dramática historia, mi amiga casi no es capaz de sujetar el teléfono. El mes pasado tuvo poco trabajo, así que este mes está aceptando tareas por encima de sus posibilidades. Hace una semana que trabaja doce horas al día y no llega a la fecha de entrega, así que el pesado de mi jefe, lo de mi número pegadito al porcentaje y mis traducciones aburridas le sabe a gloria. Ella, con poder dormir ocho horas seguidas, sería la mujer más feliz del mundo. Que ya no se acuerda de cuál era el pijama de día y cuál el de noche. Además, Hacienda le reclama un par de meses de sueldo, porque a ver cómo demuestra ella que su teléfono del trabajo es para el trabajo, y que qué es eso de desgravar. Así que ha tenido que cancelar los planes del fin de semana y se está replanteando las vacaciones de verano, porque todo el mundo sabe que los gestores de proyecto, en agosto, son capaces de cualquier cosa por asignar una traducción… y ella ahí ve un filón.

Al final, llego a casa y miro mi calendario: mis vacaciones perfectamente planificadas después de haberme peleado solo con tres compañeros. Esas no me las quita nadie. Mañana me toca clase de zumba. Quería ir con mi amiga, pero ya me ha quedado claro que ella seguirá aporreando teclas sin saber qué pijama lleva puesto. Además, acabo de darme cuenta de que muy pronto me ingresarán la nómina y podré irme de compras el fin de semana.

Mañana volveré a tener que aguantar a las mismas personas, a lidiar con las especificaciones de cada cliente y quizá no terminaré traduciendo a los grandes escritores contemporáneos, pero, al final del día, me quedo con ellos. Todos juntitos.

 

 

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